Archivo por meses: Septiembre 2005

Esconde tu cobardía

Esconde tu cobardía con juegos inútiles. Deja que seamos nosotros los que decidamos que has de hacer con tu vida, con tu tiempo, con tu dinero. La revolución es para los pobres, a ti te sobra para caprichos y sabemos que no deseas perderte todo lo nuevo que te tenemos preparado. Docilidad, eso es lo que queremos aunque no podamos ponerlo por escrito. Mientras tanto te entretendremos haciéndote pensar que eres especial, que te mereces lo que tienes.

Infamia

Infamia, infancia, injerto, de nueve a ocho, lo haremos seguro. Cuente con ello. Una suave brisa acariciaba sus senos. La paciencia debió ser mucha pero al final se cansó y se fue. Tan sólo un pensamiento, la cobardía le empujaba a pensar lo que luego no se atrevía a hacer. Lástima, error, acorde, visos de locura. Un cielo estrellado tras las nubes. Asfalto sobre asfalto y encima pintura, pisadas, suciedad, restos de comida. Se ahogó por inercia no por desesperación. Una furtiva esperanza, un leve vislumbrar lo que podía ser un futuro más luminoso, le salvó.

Quiero que me alaben

Si cada uno de nosotros confesara su deseo más secreto, el que inspira todos sus proyectos y todos sus actos, diría: “Quiero que me alaben”. Nadie se atreverá a ello, pues es menos deshonroso cometer una iniquidad que proclamar una debilidad tan lastimosa y humillante debida a un sentimiento de soledad que padecen, con la misma intensidad, los rechazados y los afortunados. Nadie está seguro de lo que es ni de lo que hace. Por imbuidos que estemos de nuestros meritos, la inquietud nos consume y, para vencerla, estamos deseosos de que se nos engañe, de recibir la aprobación venga de donde venga y de quien viniere. El observador descubre visos de súplica en la mirada de quienquiera que haya terminado una empresa o una obra o se entregue simplemente a algún tipo de actividad, sea la que fuere. Se trata de una dolencia universal y, si Dios parece inmune a ella, es porque, una vez acabada la Creación, no podía esperar alabanzas por falta de testigos. Cierto es que se las concedió a sí mismo, ¡y al final de cada día! (E.M. Cioran)